Una vida real
- lorenaalzamora02
- 27 ene 2023
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 31 ene 2023

En ese último viaje camino al sur, ya podía respirar la libertad que me brinda salir de mi cotidianidad, perdiéndome en algún lugar hermoso del mundo, soñar con salir de la rutina que muchas veces me ahoga hasta el último suspiro.
Era el año 1982, cuando por primera vez pisé con aquellos piecitos de niñita pequeña la tierrita de Bogotá Colombia, era tan pequeña que no recuerdo muy bien ese año en que viví con mi familia en tan linda tierrita, en aquel entonces con tan solo fotos de recuerdos de aquellos días, junto mi madre en varios lugares icónicos, de paredes antiguas, ruinas llenas de historia y hermosas palomas en Plaza Bolívar, que rodeaban mi cuerpito solo para picar un granito de maíz, lo hermoso que se veía en fotos, soñando con volver algún día a pisar esas tierras, pero el recuerdo en algún momento se perdió en lo profundo de mi mente y no logro recuperarlo, ahora después de 40 años me encuentro saliendo de mi comodidad, hacia un viaje a este hermoso país del sur que me llena de energía y recarga mi paz interior, es que existe una hermosa conexión con mi alma y este lugar, tanto que al tocar pie en la tierrita nuevamente después de tanto tiempo, me sentía parte de ella y ella parte de mí.
Por primera vez viajaba sola con Catalina, con solo 5 años y una mamá valiente que no le importa perderse en un país extraño, sabe que cada vez que se pierde, se encuentra a sí misma cada vez un poco más, encuentra pedazos de esa época en donde todo era diferente, su esencia humana y de su alma guerrera. Sin miedo llegamos esa noche era casi de madrugada, con Cata en los brazos, cansadas del vuelo, sabía que no estaba sola, que su poder superior le envía ángeles a su vida siempre que lo necesita, sabe que la guían en cada travesía que decide emprender, de repente se acerca Lineth, una amable señora de aquellas rolas, elegantes, de cabello rizo y gabardina terracota, me miró y yo un poco enredada entre el equipaje y Catita en mis brazos, decidió a ayudarme, enseguida le agradecí, solo puedo agradecer, a mi poder superior por enviarme siempre a sus ángeles. Llegamos a Bogotá, veo que te hospedasen el centro, ten cuidado en la noches, no suelen ser tan seguras, me comento Lineth, pero en el fondo yo sabía que iba a estar bien y que iba con la mejor compañía, mi poder superior, Catita y yo misma.
En esos días en la hermosa ciudad de Bogotá me perdí en su cultura, sus calles llenas de coloridos grafittis, cerca de la carrera 19 avenida central, disfrutaba mezclándome entre las personas, era una rola más, me sentía local, jamás una extraña, Bogotá me recordaba, quizás en otra vida fui de aquí.
Todos los días fueron una aventura diferente, desde despertar muy temprano, revisaba el itinerario y la lista de parques de diversiones bañados de magia y gente linda por todos lados, bajo la lluvia a veces nos encontrábamos, saboreando la brisa fría que nos llenaba de dulzura y despertar espiritual, restaurantes deliciosos, gastronómicamente ricos y tan populares, conociendo su querido y tradicional ajiaco, lugares exóticamente deliciosos, llenos de historias de valentía e independencia de los tiempos en que eramos uno con la Gran Colombia, es que la tierrita tiene sabor a cumbia, música que encanta y personas soñadoras, luchadoras y trabajadoras, quizás ese es el espíritu que me conecta con todo, lo tenía todo muy organizado, pero teníamos el corazón abierto a lo impredecible, queríamos sentir la magia de lo inesperado, sentir el aroma al mejor café, como el de la equina en donde nos hospedamos, nos sentamos cada mañana y el dueño nos recibía siempre con una cálida sonrisa y nos hacia degustar de un desayuno que además de económico, un latte calientito nos abraza el corazón, un emparedado sencillo de jamón, nos hizo felices cada mañana.
En las noches caminábamos por el Charco de Quevedo y sentíamos como mágicamente ese lugar transformaba las noches de Bogotá de colores, en un ambiente de amistad y de fiesta, con música y bailes populares nos esperaban aquellas noches e invitan a disfrutar, personas de todas las nacionalidades, ninguna de las dos quería salir de esa realidad, no queríamos regresar.
Mi niña Catalina, observadora e intuitiva, a veces presentía cuando su mama estaba perdida por aquellos callejones, largos y escondidos, pero llenos de luz y vida, Me preguntaba, mamá nos perdimos verdad?, y con una sonrisa le contestaba que no se preocupara, que siempre al perdernos es cuando más nos encontramos a nosotros mismos. Bebimos aromáticas,, una bebida caliente y tradicional, con un sabor dulce y una mezcla de hierbas originarias de Bogotá, obviamente queríamos subir las temperatura de nuestros cuerpos en 10 de grados, al que no estábamos acostumbradas, igual nos encantaba sentirlo y la libertad de vestirnos con abrigos hermosos, bufandas, guantes y sentir la brisa fría, con gotas de lluvia casi nos congelaba el rostro, esperando lo impredecible de esta ciudad mágica.
Muchos días nos dimos a la tarea de conectar con amistades que nos llenaron el alma, aquellas hermosas conexiones que hicimos esos días que jamás olvidaremos, las conversaciones profundas y sinceras, de esas que no se pueden tener con cualquiera, de esas que te inspiran y te llenan el corazón hasta el punto de querer explotarlo, tantos momentos efímeros que ya se extrañan y que han quedado tatuados en nuestra mente, fue la mejor experiencia para iniciar el año nuevo.
Paseamos un día en una caminata sobre la Plaza Bolívar y tuvimos un encuentro hermoso con una llama llamada Tommy, Catalina se montó en su delicado lomo y decidida se subió a dar un paseo por toda la plaza, asombrada por el suave pelaje marrón con blanco de la Tommy, disfrutamos cada momento, un paseo que quedo grabado con una linda foto en nuestra mente y nuestros pensamientos.
Que libertad se siente al viajar, el corazón palpita por el asombro cual niñas juguetonas, sintiéndonos extrañas y a la vez pero rolas, entendiendo que somos infinitos y no hay nada que nos puede limitar, que formamos parte de un gran todo y que somos parte de algo más grande que nosotros, Bogotá queda en nuestros corazones para siempre y en el camino de la vida esperamos volvernos a encontrar.
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